Descenso por los ríos de Cazorla.

Cazorla, Segura y Las Villas es el parque natural más extenso de España y conocerlo en un día o dos es sencillamente imposible. Hay pocos lugares en este país que nos tienten tanto para realizar turismo activo. En estos días de mayo, las sierras de Jaén son una tentación para los amantes den senderismo y la bicicleta de montaña.

Aún no se han echado los sofocantes calores del verano y los montes y los valles son una pradera verde y acuosa. Este parque esconde entre sus entrañas el nacimiento de dos ríos, entre ellos el Guadalquivir, un conjunto de escarpadas cumbres sólo aptas para los más intrépidos; cañones, rápidos y gargantas de aguas cristalinas que fluyen a lo largo de todo el año; pistas, senderos e itinerarios desconocidos donde pasear con bicicletas de montaña, caballos o en vehículos cuatro por cuatro. Las posibilidades son infinitas, y dan para muchos días.

En la Cerrada del Utrero

El turismo activo y de aventura en los espacios naturales ofrece una forma diferente de entablar diálogo con la naturaleza. Recorrer el curso embravecido del Guadalquivir a su paso por la Cerrada del Utrero es una de ellas. Hoy he decidido conocer la sierra de Cazorla de otra manera diferente.

A pesar de que nunca he hecho descenso de cañones, ni he saltado más de medio metro, el ánimo que me embarga es el de la aventura. Mientras enfilo el estrecho sendero que bordea el atropellado curso del río Guadalquivir, en la Cerrada del Utrero, me adentro en una naturaleza desbordada y palpitante que me hace cosquillas en el estómago.

En la hondonada, el Guadalquivir, que ha recorrido unos nueve kilómetros desde su nacimiento, se precipita entre peñones grises, formando multitud de cascadas, de cuevas y de pozas cristalinas de indescriptible belleza. Con el traje de neopreno, casco y arneses en la cintura empiezo la aventura del descenso por el cañón. A partir de ahora hay que dejar el miedo aparcado, ya que éste hace que te tiemblen las piernas y te paraliza.

Lo que hay que tener es decisión. En un minuto me veo envuelta por el estruendo ensordecedor de la corriente, inmersa en el agua enérgica y transparente del río, y en mi rostro se refleja una placentera sensación de eufórica libertad. Durante el recorrido me deslizo por toboganes de musgo y roca, y bajo pronunciados saltos de agua agarrada a las cuerdas, salto a pelo entre las rocas, hago rápel por la pared vertical de una imponente cascada de casi veinte metros, y contemplo el hermoso espectáculo de la naturaleza. Hace tres horas que inicié el descenso por el cañón y, con tantas emociones, perdí la noción del tiempo.

FUENTE: www.elmundo.es

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