SIERRA DE CAZORLA. Equilibrio de la vida pactado entre el hombre y la tierra.

Cuando parecía que el hombre había dominado la tierra y ahora que se dispone a superar las barreras de la ley de la gravedad para adentrarse en lejanos planetas, un hervidero de vida terrestre se concentra en uno de los pulmones del Viejo Continente para dejar constancia de que la madre Geos protege, acoge y sigue sorprendiendo con sus tesoros a los humanos.

Como los velos de las telas de araña, la sierra de Cazorla está cubierta por un halo de luz bajo el que se extiende un bosque desde el sur del parque más grande de España, que incluye, además, a sus hermanas Las Villas y Segura, que suman 209.920 hectáreas. Generoso con el ser humano, este paraje regala a sus habitantes no solo su belleza, su salvajismo en estado puro y sus recursos naturales, sino que les permite ser un espacio idóneo para invitar a nuevos visitantes. De esta manera, como si Geos (con su familia compuesta por el paisaje, el clima, la flora y la fauna) y el hombre hubieran llegado a un pacto, el parque se deja ver a cambio de un trato delicado y permite que se adentre en un laberinto en el que los minotauros se liberan para transformase en ciervos, muflones, jabalíes o pizpiretas ardillas. Las huellas humanas confluyen con armonía en el corazón de la sierra que, con el tiempo, se acostumbró a su presencia, de forma que hasta algunos mamíferos más confiados se atreven a acercarse hasta núcleos de población para comer —como si bajaran a las orillas del mismo nacimiento del Guadalquivir— alimentos que deja el hombre. Pero más allá de esta relación, la mejor experiencia que permite Cazorla es la de la sorpresa, de forma que una vez en las entrañas del parque queda todo a merced del guión de la aleatoriedad. Así que no es extraño que en mitad del camino se encuentren una madre cierva con sus crías comiendo tranquilamente, un macho cabrío camuflado por la espesura de la arboleda o que se pueda sentir la presencia de un buitre leonado  que planea en busca de alimento. Porque así como la naturaleza deja al ser humano adentrarse para “ver y no tocar”, sus personajes conviven dentro del equilibrado ciclo a sus anchas.
Guiada por la orografía de Cazorla, una maraña de rutas y senderos se extiende para dejar al hombre llegar hasta algunos de los rincones más preciados de la sierra y descubrir sus bosques y sus ríos. Venas fluviales que nutren el verdor y acogen todo un ecosistema. Entre ellas está la arteria principal, el Guadalquivir, que nace en el paraje de Cañada de las Fuentes, en pleno entramado de pinos laricios. Se trata del punto en el que el río inicia su andadura de 667 kilómetros. Nombrado como “río grande” por los árabes, este canal de vida forma, en dirección nordeste, el valle más largo y emblemático del parque natural, que cuenta con el sensacional desfiladero de la Cerrada de Utrero. El sistema fluvial regala a Cazorla otra inyección acuosa con el Borosa, que nace en la laguna de Valdeazores y desciende 650 metros de altitud en los once kilómetros de su recorrido, formando numerosos saltos de agua y pozas transparentes en un entorno muy transitado por grupos de senderistas. Aquí, el caminante halla una ruta que lo absorbe hasta una dimensión que lo hace partícipe de caprichosas rocas, diseñadas con una perfecta imperfección, como queda demostrado en la espectacular Cerrada de Elías, que recibe las aguas de varias cascadas —especialmente pletóricas en la época de deshielo— como la de Linarejos. Estilosa y salvaje, Cazorla está modelada por la fuerza y la constancia de frescas y cristalinas aguas, como las del Guadalentín, que labran varios cañones y gargantas entre alineaciones de cumbres que rondan los dos mil metros de altitud. Mientras, la vegetación se aprovecha de este diseño para lucirse en todo su esplendor, como el extenso robledal de quejigo que atraviesa esta zona del río, que se abre y nutre el embalse de la Bolera.

En el pacto entre el hombre y la tierra, la sierra de Cazorla deja que algunos municipios se adentren para sustentarse de sus encantos. Así, Cazorla, Chilluévar, Hinojares, Huesa, La Iruela, Peal de Becerro, Pozo Alcón, Quesada y Santo Tomé cuentan con el privilegio de convivir con los demás seres vivos del área. No todos se hallan íntegramente en el corazón del parque, aunque sí hay pequeños núcleos de población que se adaptan al terreno, como es el caso de Arroyo Frío, que se ha convertido en un punto turístico de referencia. Aquí, las casas rurales y otros negocios atraen a familias que quieren pasar unos días alejados del trasiego de la ciudad, grupos de jóvenes que encuentran en la sierra un lugar idóneo para disfrutar de la amistad y la naturaleza o parejas que, arropadas por la complicidad del bosque, descubren su nido de amor. Una vez penetrado el parque se puede llegar al “kharma” con tan solo tumbarse bajo un pinar y divagar entre los rayos de sol que lo atraviesan, o entrar en acción. Y es que son varias las empresas de ocio y de deportes de riesgo que ofrecen excitantes aventuras en unas instalaciones creadas por la perfección de la madre naturaleza. Descensos por los ríos, escalada, tiro con arco, rutas a caballo o en bicicleta o tirolina son algunas de las actividades que se organizan durante todo el año para los más atrevidos. Con la adaptación del turismo al medio ambiente , los habitantes del parque también se alimentan de la sierra a partir de sus recursos. De forma que la caza mayor, la pesca, el cultivo del olivar, así como la artesanía con materiales que les regala la naturaleza, son otra fuente bajo la premisa de lo ecológico.
Un ciclo vital sostenido bajo un pacto entre el hombre y la tierra que permite que este pulmón cazorleño no se deteriore y, así, contar, por más tiempo, con la generosidad de Geos, que no dejará de impresionar a sus visitantes.

FUENTE: www.diariojaen.es

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